Cuentos

 

 

 

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Espérame en el cielo corazón

(Edit. Grijalbo 1995)

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Flor Romero cuenta en este libro 18 historias de amor de mujeres. La viuda, la amante, la novia, la esposa, la mujer, en toda su maravillosa complejidad. Colocada frente a diversas situaciones como protagonista, testigo de excepción, víctima o victimaria. Son historias apasionantes, vivas, perdurables, donde la imaginación y la realidad van de la mano. En ellas la mujer muestra la multiplicidad de sus paisajes interiores, sus sentimientos, sus odios, sus afectos. Historias para leer y releer porque en ellas hay una radioscopia del alma femenina. (Editorial Grijalbo l.995 Bogotá)

(Fragmento cuento)

 

Aventura en el trópico

Dominique era para mí la imagen encarnada de la búsqueda desesperada del amor. Lo fue desde el momento en que la vi mirar sin ver los óleos de paisajes colombianos el día del vernissage en París. Los ojos tornaban en reojo para escrutar la audiencia.

Algo anda buscando este muchacha - me dije- y lo confirmé cuando el muchacho de frente amplia, calvicie precoz y ojos serenos de avellana, que le examinaba con insistencia las pantorrillas cuando estaba de espaldas, y los senos redondos bien diseñados cuando se volvía a reír nerviosa de tanto buscarle fijar esa inquieta mirada azul, la abordó:

-¿Le gustan los paisajes sabaneros?

-Mucho - replicó ella en perfecto español.

Por la cabellera rubí larga fueron desgranándose los pasajes de aventura amorosa con un estudiante colombiano que le dejó ampollas en el alma, y una afición por su país tan extravagante como para que anduviera tras la pista de Colombia en Francia...


Cuentos Míticos

De un acervo de 300 cuentos míticos trabajados por Flor Romero por espacio de 25 años, se han publicado 4 libros:

La Ruta de Eldorado

(Edit. Círculo de Lectores Bogotá l.976)

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"Tus cuentos Flor amiga, señora, me llevaron de la mano a la forma de leer escribiendo que es la confesión más flagrante del interés a la manera más natural de leer en espejo y por fábula."

"En esos cuentos que te contó tu mamá señora y que a tu vez cuentas ahora, escribiéndolos, yo entreví la felicidad y la desdicha a un tiempo de nuestra faena de escritores.

Tu has sabido lograr la primera, incorporando a tus relatos la sustancia de la palabra-alma : esa palabra que tanto en la cosmogonía de tus chibchas como en la de mis guaraníes, significa el fundamento del lenguaje humano"
(Augusto Roa Bastos)

La Hormiguita-mata

Había en tierras de los antepasados, una hormiguita que vivía entre los troncos podridos y miraba todos los días para arriba el mundo agigantado, suspirando por ser grande.

Era tan pequeña, tan pequeña, que se puso a llorar desconsolada y le pidió a su mamá:

- Quiero ser grande; quiero crecer; quiero levantar aunque sea una pulgada del suelo para no tener que dar más volantines por este mundo, arrastrando siempre a ras del suelo mi carga de hojas, de pétalos de flores, de pedazos de carne. No me gusta respirar todo el día el polvo que alborotan los pies de los grandes.

Por las noches, se hincaba de rodillas implorando:

- He de ser grande; así será, así tiene que ser.

La madre la consolaba:

-No hay que perder las esperanzas. Quizá un día crezcas y te eleves por los aires y sobresalgas más que todos y dejes de confundirte con la hojarasca que pisotean las bestias de la selva.

Acertó a pasar por allí una libélula con aires de superioridad, moviendo ágilmente sus alas de seda, pretenciosa con su poder de sobrevolar montes, de remontarse husmeándolo todo, enterándose de los secretos de la jungla.

Segura, revoloteaba, hacía cabriolas, planeaba, jugueteaba libremente.

-Yo conozco el remedio milagroso -le dijo al oído a la hormiguita en una de las caídas en picada casi hasta el suelo. Crecerás, pero perderás tu libertad.

- ¿Como así?- interrogó la hormiguita.

- Se donde está la fruta milagrosa, que te hará llegar hasta arriba, te remontará en el espacio, pero tendrás todo eso a cambio de tu libertad. Porque tendrás que vivir fija.

-Los gigantes no mueren- le respondió. Una vez que llegue hasta arriba, nadie me podrá detener.

La libélula le volvió a explicar:

-Es una pepa engrandecedora, del siglo de los milagros, que te pondrá a mirar desde arriba, pero te atará. Te repito que todo será a cambio de tu libertad.

Y en un revoloteo, le mostró el bejuco del gigantismo.

La hormiguita había nacido, en el mundo de proporciones desproporcionadas, el mundo amazónico de sus antepasados. Estaba cansada de ver a los cocodrilos haciendo siestas eternas a orillas del río monstruo, en las tardes húmedas y calurosas. Los fiscalizaba de noche, reteniendo los ojos de brasa de los saurios.

Había dilapidado varios días recorriendo una corola de Victoria Regia y agonizó de cansancio midiendo a zancadas las hojas de la flor gigante. Había cristalizado muchas fatigas trepándose a las copas de los árboles empinados, apiñuscados, celosos guardianes para no dejar pasar ni un rayo de sol por entre el follaje.

Meditó largo para componer un no rotundo a los embelecos de la libélula

- Recuerdo haberle oído decir a la reina del hormiguero, que esa es la fruta malvada, del bejuco de agua que da tanta felicidad después de la florescencia, pero que trae tantas desgracias. No estoy bien segura si fueron mis primos, los cucarrones de alas nacaradas, quienes resultaron convertidos en animales de museo, por haber comido pepitas del bejuco del gigantismo.

- Pero crecerás -insistió la libélula.

- Y miraré a todos por encima.

- ¡Naturalmente!

Y la hormiguita-mata, inocente, sucumbió al embeleco. Comió las pepitas del bejuco de corazón de agua, cuyas semillas permanecieron por días y días en la barriga de la hormiga diminuta.

Ensayó digerirlas, bebiendo el jugo de algunas frutas; chupó la linfa de las flores silvestres; escapó de las flores carnívoras que por poco la atrapan en la búsqueda del licor que le sirviera de laxante, para expulsar las malditas semillas.

Pero nada. Las pepitas se quedaron ahí ancladas dentro de su cuerpo, amañadas, como si fuera suelo propicio.

Las sentía como piedritas, que poco a poco le inflaron la barriga y empezaron a gestarse entre su cuerpo. Parecía que sus entrañas eran su ambiente.

Comenzaron a brotar raíces blancas entre sus propios intestinos y las puntas de las hojas tiernas se abrieron paso a lancetazos en su interior, hasta que perforaron las membranas y afloraron a la luz.

En la agonía lenta, la hormiguita se fue sintiendo transportada a otro reino: al vegetal.

Vagó noches y días como animal-planta, hasta que una noche cayó rendida, sobre su tronco.

En los mareos de la transformación, se alcanzó a ver colgando de un árbol gigantesco, mecida por el viento, convertida en festón, mirando todo desde arriba, pero sin poderse mudar.

El bejuco de la continuidad de su naturaleza, la había hecho crecer era verdad, pero también era cierto que la había dejado fija, anclada, con su libertad recortada.

 

Los tiempos del deslumbramiento

(Edit. Testimonio, Madrid l.986)

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"Este libro está lleno de vida. De existencia palpitante, de esa gratificante embriaguez que hace buscar a los dioses para entender el prodigio. Lo demás será el mido y el dolor, el más allá de los sueños, la misteriosa muerte y su después, que aquí se llama Tiempoadentro"

"Flor Romero ha alborotado los espíritus y también ha removido el lenguaje. Agradezcámosle la mano que escribe, esa mano privilegiada que sabe acariciar hombres y bestias y recordarlos y enaltecerlos con la magia realísima, subyugante de la palabra".José García Nieto (De la Real Academia y Premio Cervantes).

 

(fragmento cuento)

 

 

 

Caribe el sombrero parlanchín

 

“Finalmente, dize el Almirante que
no puede creer que hombre aya visto
gente de tan buenos coracones
y francos para dar y tan temerosos que
ellos se deshazlan por dar a los xpistia/nos quanto tenajn...”

Libro de la Primera Navegación de
Cristóbal Colón
(Fray Bartolomé de las Casas)

 El Cacique Caribe decía que el alma salía a la Sierra Nevada y a los pájaros de Mariquita a descansar de los trabajos de esta vida y por eso se mantenía pura, dialogando con las estrellas.

Y resolvió que su pueblo llevará en la cabeza el recuerdo de esos pájaros a donde el espíritu se iba a estirar tranquilo, para tomar nuevas fuerzas.

El jefe Caribe dio el ejemplo. Apareció con un gorro alto, en forma de cono, ribeteado con un fleco de fibra, que todos asociaron: El cucurucho de la Sierra, la cúpula en donde el alma se iba a descansar y las mechas que le cubrían la frente eran las laderas, donde moraban.

El sombrero picudo se convirtió en emblema, y la tribu lo adoptó enseguida. Lo usaron orfebres. Mientras   fundían en tumbaga las pavas de monte, los pajuiles copetones, los carraqueros, los garrapateaderos, para las cabezas de los alfileres que sujetaban las mantas y los cabellos negros de las mujeres.

Antes de embadurnarse el cuerpo con achiote y carbón el Caribe mayor colgaba su sombrero en el garabato pendiente del estantillo. Y era como sí se sacara el a alma de encima, y sólo se fueran a guerrear los instintos, a bregar por partirle el corazón al enemigo  y a desflecarle la carne a dentelladas.

Seguía la pista del adversario con la mirada fija en los troncos de los árboles. No se le escapaba el movimiento de una hoja y con oído atento distinguía fácilmente entre el ruido de las frutas perforando la hojarasca, el traqueteo de una chamiza, la pisada sigilosa de un pájaro, el desplazarse de un zorro o el salto ágil del enemigo intentando sorprenderle el pecho desnudo para robarle la nariguera dorada.

Estaba entretenido descifrando el código de los ruidos y de los vientos, cuando vio remolinear en el aire su sombrero, el cucurucho con barbas en forma de gavilán, llevando en el pico un pichón. Los ojos le dieron vueltas y comprendió todo, No podía continuar a la caza de sus propios hermanos del otro lado del río, porque si seguían despedazándose, serían menos el día en que llegaran los forasteros y los alzaran por los aires, atenazados por el pico. Ya es hora de que vivamos en paz, y ahorremos esfuerzos para defendernos mañana-se repetía.

Saltando ágilmente hacia atrás, sin dejar de mirar al frente, llegó a la choza y le dijo a su amada:

 -Pellízcame a ver si estoy despierto.

-Tienes algo, Caribe?

-Ahora no se si estoy vivo o muerto

-¿Por qué tienes los ojos tan redondos?

-La verdad es que no sé si estoy soñando o viviendo el remolino de mi sombrero

-¿El sombrero? -dijo y volteó a mirar la horqueta en donde lo colgaba, pero allí sólo estaba el gavilán pollero, mirándolo de reojo. Ya se había comido al pichón y con el buche abultado, distraídamente se limpiaba las plumas del pescuezo.



Mitos, Ritos y Leyendas contados por Flor Romero

(Edit. Plaza & Janés Bogotá l.992)

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37 historias míticas precolombinas en tierras de Muiscas, Calimas, Tolimas, Motilones, Panches, y otras tierras del territorio que hoy es Colombia. Rescate de nuestras raíces, para que los niños de 7 a 77 las lean y relean y encuentren el orgullo de su identidad. Esta literaturización de la mítica permite penetrar en los terrenos de los ancestros y recorrer de la mano de la autora el periplo de su vida y rastros.

(Fragmento cuento)

 

Bachué

Bachué, la madre Muisca salió de la Laguna de Iguaque, una madrugada, llevando un niño en los brazos.

Era una bella mujer, cubierta solamente por una túnica de pelo negro, que le arrastraba.

Apareció lustrosa, recién escurrida del lago. Una madrediagua morena, garbosa, de senos redondos, firmes, cobrizos, terminados en puntas más oscuras.

Caminaba afirmando las piernas ágiles. Venía de nadar tanto, que se le formaron pantorrillas de hoja de palma, y muslos fuertes.

En los brazos, la criatura también viringa.

Bachué se instaló entre los Muiscas; se ganó su confianza y su afecto. Les enseño normas para conservar la paz con sus vecinos y el orden entre las gentes de su cercado.

El niño creció y Bachué, encargada de poblar la tierra, empezó a ser fecundada por la criatura que había portado en sus brazos.

Los alumbramientos eran múltiples, como los de las conejas, como los de los cafuches, como los de las ratonas; en el primer parto se contaron mellizos, en el segundo trillizos, en el tercero cuádruples, en el cuarto quíntuples, y así hasta que consideró que su tarea reproductora sobre la tierra estaba cumplida.

En pocas edades recorrió muchos cercados y por todas partes dejó criaturas y enseñanzas.

Pasaba el tiempo y la mujer pobladora, no envejecía.

De pronto su cuerpo se destempló; los senos se le escurrieron; las piernas se le aflojaron; su cuello ya no era lozano; el rostro estaba poblado de arrugas; había un gran cansancio en su mirada.

Sin avisar, de improviso, como había llegado, se fue otra vez a la orilla de la Laguna de Iguaque, acompañada del mismo ser que le había traído. Se lanzó a las aguas.

Un gran bostezo del lago la devoró, convirtiéndola en serpiente, símbolo de inteligencia entre los chibchas.

Los nativos aseguraban que de vez en cuando veían a la culebra, asomar los ojitos brillantes a la superficie de las aguas vidriadas, en las noches de luna, cuando acudían a llevarle ofrendas.

Arrojaban adornos de oro, utensilios y copas doradas, en la seguridad de que ella estaba en el fondo de la laguna, recibiendo los regalos de buen corazón.

Al varón no le pusieron mayor atención. Ella quedo para siempre con el titulo de madre de la humanidad, fuente de toda vida. Y como venía del agua, los naturales comenzaron a adorar las lagunas y las ranitas, los renacuajos, las lagartijas, todo síntoma de vida que brotara de las aguas.

Fundieron en oro alfileres rematados en batracios, se colgaron al cuello dijes en forma de lagartos y divinizaron a las ranas, que en adelante serían el símbolo de la fertilidad.



El ombligo de la luna y otros cuentos míticos mexicanos

(Edit. Diana, México, l.989)

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Este libro recoge relatos inspirados en héroes legendarios, estos personajes bondadosos o malévolos que han trajinado la historia precolombina desde edades incontables.

Esta obra revela todo un mundo con personajes que desfilan por los escenarios de Uxmal, Chichén Itzá, Palenque, Mitla, Monte Albán, Tula, Tajín Tepoztlán, Cancún, Cozumel,

Tenochtitlan, Acapulco, contando jirones del pasado, enajenando la imaginación con fábulas, parábolas, aventuras, tragedias de las interminables peregrinaciones de los antepasados.

Es la visión aguda de una escritora colombiana sobre la mitología mexicana. Una recreación mágica.

 

(Fragmento cuento)

 

 

El ombligo de la Luna

 

Y se fueron a buscar una tierra

En donde deberían conocer

Al que es noche y ciento

Al dueño del cerca y junto.

 

Fue el día del eclipse. Tan pronto llegó la luz, los cuatro sabios se dieron cuenta de que se les habían perdido los libros de la cuenta de los destinos, el de los anales, el del registro de los años y, por si fuera poco, hasta el libro de los sueños andaba refundido en la confusión que se formó en la oscuridad.

 Lo sabían muy bien, que ya no podrían contar con las luces de otros sabios, pues ya habían regresado, siguiendo la orden divina, hacia el Oriente, de manera que los cuatro ancianos, únicos habitantes de Tamoanchán, no tuvieran más remedio que sentarse pronto a reinventar los libros sagrados, a dejar escritas las normas de Quetzalcóatl, el dios barbado.

 Había pasado ya cuatro soles, los del agua, la tierra, el fuego y el viento. Había desaparecido los primeros hombres, armados de cenizas, ahogados por las aguas violentas y convertidos en peces.

 

El mohán enamorado y otros cuentos míticos

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Estos 10 cuentos tienen la transparencia y el atractivo de un escrito dirigido tanto a lectores jóvenes como adultos. Están basados en el rescate de leyendas tradicionales. En forma original se han recreado las más conocidas leyendas en la zona andina. Fueron escritos en París, y se les ha dado una dimensión universal. Dejan de ser provincianos, para llegar a todo el mundo

(Fragmento cuento)

 

Los amores del Caimán

Gardenio, el pescador mulato, no vera la hora de irse al río a mirar las muchachas chapalear desnudas.

Se escondía detrás de los troncos, entre los juncales, al lado de los piedrones para no ser descubierto.

Había cambiado de escondrijo varias veces, pues cuando más entretenido estaba viendo cómo le resbalaba el agua por los muslos a una adolescente lustrosa, o cómo se detenía la gota perlada en un seno redonde, escuchaba los alaridos:

-Mírenlo allá...

-¿Quién?

-El tal Gardenio, el pescador fullero, el mirón que no nos deja en paz.


La cueva de los 8 encantamientos

(UNEDA, 2000)

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Es un relato para juventud que lleva de la mano al lector en un estilo vivo y agradable, fresco y conciso a seguir los pasos de los 8 piratas más conocidos que vinieron al Caribe. Mayra, la niña curiosa de los secretos del mar, quiere desentrañar el misterio de La Cueva de Los Piratas, situada en una isla caribeña.

El barquero Argemiro la lleva día a día a esta misteriosa Cueva en donde ella sueña con piratas inolvidables como Drake, Barba Negra, Anna Bonny, Sir Walter Raleigh, Morgan, María Read,

Pointis, Florin y Baal quienes le cuentan historias míticas de los parajes en donde han estado, cazando tesoros para sus soberanos.

Es así como se desgranan fantásticos cuentos míticos americanos: Travesuras del Chopo en Paitití, El Tesoro del Zipa, La India Catalina, Las canastillas de Solsofique, Hunsahúa y otros. Es una loa al precioso Mar Caribe, a sus mitos y leyendas, que encantará a grandes y chicos.

 

(Fragmento cuento)

 

 

Sir Francis Drake y Eldorado

Mayra atrapó la última rata, para la cena con el padre, después de cuarenta días de sitio, ya con la piel pegada al espinazo y su memoria se detuvo en el instante eterno de su vida cuando vio el primer pirata, escondiendo su tesoro en La Cueva de los Encantamientos.

 Tendría apenas 5 años y andaba cojeando a causa de una maldita raya que le había taladrado el pie izquierdo. Alejandrina, la abuela que cuidaba a la niña huérfana, le había prohibido los paseos a La Cueva Encantada,  en el islote vecino que abanicaban una docena de cocoteros y guardaba en su corazón una caverna en donde los isleños aseguraban que los piratas llegaban a esconder sus tesoros.

 Pero entre mas la mamá señora le prohibía, mas la niña se las ingeniaba para convencer a Argelino el viejo barquero de cabellos nevados de que la llevara a remo a explorar la pequeña mancha hebilla viva, enclavada en el mar esmeraldino, dominio edades atrás, de sus ancestros, los Caribes.

  Arge, quizá el tesoro sea para nosotros. Dicen que a los niños se les aparecen las guacas, porque ellos no son ambiciosos…

- Si, niña Mayra. Yo la llevaré mañana al amanecer para que atrape caracoles, cangrejos y pescaditos y mire esa cueva que tanto la  seduce...... Puede que nos hayan dejado nuestra parte los tales piratas, de pata de palo, pañuelo anudado en la cabeza, fuertes, valientes, peleadores, dispuestos a llevarse todo el oro del mundo para sus países por allá en el Viejo Mundo.....

 

 (Fragmento cuento)

 

Andrea Descubriendo el Mundo

(UNEDA, 2000)

 

...Aquel miércoles de Pascua, ya agonizando el día y la noche clara invadiéndolo todo, comenzó a descubrir de veras la naturaleza salvaje. Puso sus pies desnudos en el jardín, con pasto alto y luego se dejó llevar por el vaivén de la hamaca. Pero su curiosidad la llevó a resbalarse del chinchorro de rayas de colores, para correr de nuevo hacia el columpio. Vamos, vamos. - me indicó extendiendo el brazo para que la acompañara a balancearse.

En el borde del sardinel vio trasegar a las hormigas arrieras, cargadas de hojitas. Las miró con embeleso; curiosa siguió la ruta de las destrozonas trabajadoras infatigables. No se le ocurrió destriparlas, pero saltaba sobre la brecha para no entorpecer la caminata y quizá para esquivar el piquete.

Los pajaritos trasnochadores aún cantaban alegres melodías en el kiosco de guayacanes amarillentos y techo de palmicha bien tramada: Mía, un pío..

- Sí, un pío, que tiene allí su nido -le respondí señalándole la cúpula que apuntaba al cielo despejado, iluminado por una luna llena que alcanzaba a alumbrar todo el valle del Río Magdalena.

-Mía, el pío, con gusanito...

-Sí, está llevándole alimento a sus hijitos. Es un pechiamarillo.

Regresó de nuevo a la hamaca, su gran delirio y con los ojos verdosos bien abiertos, cercados por una mata de tupidas pestañas negras, miró largo al firmamento: Las estellas, míalas...míalas

- Sí esta noche hay muchas estrellas. Vamos a contarlas...

-Son mías.....

-Sí, tuyas y de tus hermanitos, de todos...

-Más estellas, ota estella, ....,míalas -continuó señalando con el dedo índice, pequeñito, tierno, regordete, como los dedos de los niños que más que una señal son un poema.

 

Así amaneció en Siboney y otros cuentos del caribe

(Coedit. Arte y Literatura de Cuba y UNEDA.)

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Acaba de aparecer.
La obra consta de 20 cuentos de la región caribeña, escritos por Flor Romero en París,   Cuba y Colombia. Están  basados en la mitología caribeña,  territorio mágico, lleno de leyendas coloridas, que sorprende la mente más afiebrada.

La escritora colombiana ha recreado personajes míticos e historias que forman parte de la identidad de los pueblos caribeños, llenas de magia y fantasía, unas a partir de hechos y personajes reales, fundadores de  la nacionalidad de estos pueblos de la cuenca del Caribe, y otros, cuentos fantásticos que pertenecen al imaginario popular.

El libro es coeditado por Arte & Literatura de Cuba y UNEDA, Unión de Escritores de América, con ilustraciones de Dyango Chávez Cutiño. Es una contribución al rescate de la identidad de los pueblos americanos.

 De sus cuentos dice el escritor Augusto Roa Bastos: Tus cuentos, Flor  amiga, señora, me llevaron de la mano a la forma de leer escribiendo que es la confesión más flagrante de leer en espejo y por fábula.

 

(Fragmento cuento)

 

El despertar de los gigantes

Benito Bogotá suspiró nostálgico mirando la bruma cobijar la laguna y creyó divisar espectros gigantes. Estaba seguro de que se escondían tras los sauces llorones, las crestas de las montañas azuladas y en las cañadas.

 Su padre se lo había repetido varias noches de vientos susurrantes: No hay que despertarlos. Están dormidos. Por eso no se decidía a sembrar sobre el montículo de tierra cubierto por la gramilla aterciopelada. Por eso no osaba saltar con el azadón sobre la falda negrusca que podría ser propicia para el cultivo del maíz, las habas y la arveja.

 Nueva gigantes habían sido enterrados en ese Valle de Siatá, vecino del Boquerón del Frutillo, en donde aún permanecía lívida, incólume, la mesa de piedra, frente al sol de oro, sobre la cual hacía sacrificios los Muiscas.

 Benito tembló de angustia, cuando vio a su mujer Cruz Helena inclinarse sobre la tierra y clavar la pica con toda la fuerza de sus veinte años.

-          No los atormentes. Les podría dar un fuerte dolor de cabeza.

-          ¿A quienes?

-          ¿A quienes puede ser? Pues a los gigantes. ¿No ve que por ahí reposan?

-          ¿Todavía cree en eso? Pareciera que aun no ha cambiado de dientes.

-          ¿Cómo se le ocurre que no crea, si mi papá los ha escuchado revolcarse en noches de borrasca?

 Cruz Helena quedó petrificada. No se atrevió a seguir la tarea que le había encomendado la madre. Fue tanta la convicción que transmitieron las palabras de Benito, que se fue derecho al rancho a reanimarse con una tazona de café caliente, después de echarse la bendición y besarse el dedo pulgar.

 Benito había crecido mirando las tumbas bien diseñadas. En sus ojos estaban esculpidas. Sabía de memoria que ese Valle era  de Los Gigantes. Estaban separadas por cañadas que escurrían aguas frías y cristalinas nacidas en lo alto de la montaña.

 



 

ANTOLOGÍA DE CUENTOS MÍTICOS DE AMÉRICA

 

DOS MIL TRES LUNAS

1

 

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Con la plataforma de 40 años de investigación, Flor Romero, comienza con este Volumen 1 la publicación de la Antología del Cuento Mítico Americano, con relatos sobre mitos, ritos y leyendas de América. El despertar del Mundo, Bochica, Bachué, Goranchacha, Tomagata el Cruel, El Loco Amor de Guatavita, Más Allá de Zaruma, La Hormiguita Mata, La Ruta de Eldorado, Tóenz el Hijo del Trueno, Huitaca, Baudó, integran este libro dedicado a los niños de América.

 

 

Flor Romeo ha literaturizado la mítica precolombina con el propósito de dar a conocer a las nuevas y futuras generaciones el orgullo de sus raíces. Porque es allí en toda esa fabulosa, variada y riquísima mitología, donde empieza a crecer aceptando el desafío de su autenticidad, el verdadero ser de nuestra América. (Edit. UNEDA)

 

(Fragmento cuento)

 

BOCHICA

Bochica, el Regio Manto de Luz, apareció montado en el arco iris, por donde nace el sol. Nuestros antepasados apenas empezaban a organizar su vida, ensayando subsistir con las cosechas de maíz y papa. Oraban para que la gran Laguna de Iguaque bajara de nivel y les dejara más tierras libres para cultivar.

Cazaban tinajos, armadillos, dantas, con cerbatanas y flechas. Pescaban bagres y capitanes en los grandes lagos como aquel de Iraca.

El anciano de luenga barba alba, cabellera abundante que le caía hasta la cintura, sujeta por una diadema, recorrió los cercados cabalgando una llama. La figura del forastero era casi etérea: alto, cubierto con una túnica blanca, que anudaba al hombro izquierdo con broche de oro. Portaba un bordón y caminaba descalzo. En el rostro, gestos bondadosos y una sombra de paz velaba sus ojos grises.

Tan pronto llegó se hizo a la amistad y al cariño de los muiscas, de sus caciques y de los súbditos. Se dedicó a enseñarles sistemas más productivos para cultivar la tierra, cómo hilar, tejer y pintar las mantas de algodón.

 Les indicó cómo trabajar la corteza de los árboles. Ensayó la alfarería en los chircales, transmitiendoles el arte de hacer ollas de barro, vasijas, utensilios, que luego cocerían al sol y pintarían con anilinas de la tierra y de los frutos.

Pero no solamente los entrenó en el manejo de la naturaleza. Les enseñó normas para gobernar.

Les dejó un código moral, en el cual se contemplaban la caridad, el respeto de lo ajeno, la reverencia a los ancianos, la obediencia a los mandatarios, y la importancia de la verdad. Todo un código social que les permitiría vivir dentro de la mayor armonía.

 

DOS MIL TRES LUNAS

2

LA ERA DE LA ETERNA MIRADA

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El Volumen 2 de la Antología del Cuento Mítico Americano Dos Mil Tres Lunas, bajo el título de La Era de la Eterna Mirada incluye relatos de Colombia, Brasil, México, Ecuador, Chile, Venezuela, Perú, Argentina, Estados Unidos de Norte América y Bolivia.

Algunos títulos: El motilón y el gallinazo, Muzinga, El hombre Jaguar, Los cañaris y sus guacamayas, Makunaima, Nazca para inventar, El chocolate fornicador, El más ingenioso creó al hombre, La madre tierra a orillas del lago Titicaca, Cuando grita el kakuí y La palabra del viento.

 

Es una valiosa contribución al rescate de nuestra refundida identidad, publicada con el auspicio de UNEDA.

 

(Fragmento cuento)

 

LA PALABRA DEL VIENTO

 

La palabra es la morada del ser.

Heidegger

 

 

Esta mañana, cuando la niebla que arropaba el cerro de Monserrate comenzó a rasgarse, y los pinares se asomaron tímidos, espiando a un sietecueros por entre los velos de muselina, sorprendí a una mirla contándole esta historia a su pichón aún tembloroso:

Cuando el silencio se cansó de estar mudo, comenzó a hacer ruido.

Los vientos murmuraban y las aguas bramaban.

Luego los árboles se hicieron escuchar: traqueteaban, bufaban, aleteaban, murmuraban, agitando sus cabelleras al vaivén de la borrasca.

Más tarde, los animales silbaron, gruñeron, cantaron, ladraron, aullaron, maullaron, estrujando los aires.

Finalmente, el hombre, escuchando a los animales, comenzó a tañer con su garganta. Emitía sonidos graves, agudos, acompasados, destemplados, para comunicarse. Quiso hacer de su garganta una flauta resoplando con todas sus fuerzas.

Pero el verbo, era sólo el verbo, y las palabras se escapaban montadas en el viento.

Ese verbo precioso había que guardarlo, y por eso comenzaron a grabarlo primero en piedra, con figuritas; luego en las cortezas de los árboles; más tarde en papel hecho de algodón y pulpa de madera.

Las emanaciones del verbo serían grabadas para siempre; para que otros hombres tuvieran el conocimiento de los mayores.

Para que los niños bebieran del manantial de los antepasados.

Por eso la sabiduría está aprisionada entre los libros.

 

 

DOS MIL TRES LUNAS

Antología del cuento mítico de América

3

Pachacútec el Rey Sol

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Pachacútec el Rey Sol, Volumen 3 de la antología del cuento mítico americano  Dos Mil Tres Lunas de Flor Romero contiene relatos sobre mitos, ritos y leyendas de América, que trasiegan los territorios de Brasil, Perú, Colombia, Cuba, Uruguay, Paraguay, México y Chile.  Son historias con la magia y encanto del continente americano que nos llevan a sumergirnos en mundos fantásticos, cosmogonías, personajes, creencias de los antepasados: Los dolores de

Pipatón, El Bari del amor, Historias de Manoa, Así amaneció en Siboney, La Exchtabail del nopal, Caá o la yerba Mate, Ejecátl el viento que habló, Llovía y llovía en Araucanía, El Amor de Susaeta, El Águila y la Boa. Relatos alucinantes que nos adentran  en los viejos tiempos primigenios que son el fundamento de nuestra identidad. La antología tendrá 15 volúmenes (Edit.UNEDA).

 

(Fragmento cuento)

 

 

Cuando la Tapira perdió su mando

.

Hay caimitos, guanábanas anones

en árboles mayores que manzanos;

 hay olorosos hobos que en faiciones

y paresceres son mirabolanos;

hay guayabas, papayas y mamones,

 piñas que hinchen bien y entrambas

manos,

con olor más suave que de nardos,

y el nacimiento dellas es en cardos.

 

Juan de Castellanos (III, 22).

 

 

La tapira era la reina de los animales en tierras desanas. Sus dominios iban desde las cumbres de las montañas hasta la última arena mojada en la playa. Había desarrollado un bramido tan brutal que estrangulaba vientos y ahuyentaba nieblas poniendo a temblar las hojas de los árboles.

 

Su morada estaba cercada de frutales deliciosos. Había caimos, plátanos, guamos, mangos, cachipa­yes, granadillos, piñales, aguacates, guanábanos, papayos, guayabos y pomarrosos. Bejucos con culupas, curubas y uvas caimaronas.

 

Cuidaba día y noche esos árboles preciosos y hasta se decía que dormía con un ojo abierto para que sus enemigos no le robaran el tesoro. Velaba sus sueños acompañada del croar de las ranas que eran la voz del alma.

 

Cuando el tigre rugía, no se estremecía el aire. Era el retumbar del pito tapirano que arrugaba corazones. Los animales corrían como locos a esconderse, trepando palmeras, bajo las lajas, en hoyos perforados por osos hormigueros, en canutillos de guadua, entre empalizadas, y hasta las víboras que se las daban de bravas se metían entre la hojarasca para taparse los oídos y no morir del susto.

 

Se hacía llevar el agua en hojas entorchadas para evitar alejarse hasta la quebrada, temerosa de que sus súbditos le birlaran los frutos codiciados.

 

Hasta que un día la ardilla, derrochando simpatía, haciendo remolinos con las pupilas brillantes, batiendo cola y dando brincos aquí y allá, le propuso:

 

Señora tapira, vengo a convidarla a bañarse con nosotras. Así se refresca un poco.

 

 

 

 

DOS MIL TRES LUNAS

Antología del cuento mítico de América

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Quetzal-coátl el de la barba de ardilla

Qetzal-coátl, el de la barba de ardilla, Volumen 4 de la antología de cuentos míticos americanos  Dos Mil Tres Lunas de Flor Romero, recoge preciosos relatos de Colombia, México, Estados Unidos, Canadá, Cuba, Perú y sus alrededores.

Son historias del continente americano, sobre héroes, leyendas, mitos y ritos, llenos de figuras alucinantes, de personajes que han permanecido en el inconsciente colectivo, en el tiempo antes del tiempo narrados con fluidez y maestría. Entre ellas figuran: Quetzal-coátl el de la barba de ardilla, Al principio era así, Los atrapapesadillas, Esmeralda la reina de los Muzos, Albahoa y Yumurí, Machu-Picchu y el elba del Incario, La maldición del Jaibaná, Soratama, El gentil de los Mochicas, El equilibrio de la tierra en manos de los Mamos, Tagarcuna, El canto chamí al café, El mohán enamorado y Los últimos resplandores

del templo del Sol.

(Fragmento cuento)

 

 EL MOHÁN ENAMORADO

A: Marina Tafur

Ensueño apresuró el paso, cuando escuchó la lluvia de pedraditas a su espalda. Al llegar a la esquina de Arrancaplumas se atrevió a volver la mirada, pero no vio nada. Apenas notó el temblor de las hojas de matarratón, al vaivén del viento insolente. Contuvo las faldas con las dos manos y decidió correr hacia la casita de la madre Pascuala.

Llegó con la voz entrecortada. El corazón le daba saltos. No sabía si referirse a los ruidos o callarse. Finalmente se animó.

- Mamá, creo que me venían persiguiendo.
-¿Quien, niña?
- No sé, no lo pude ver, pero lo sentí.
- No le entiendo. ¿Era una persona, un animal, o un pájaro?
- Ninguno de los tres, porque tan solo sentí las pedraditas. Creo que una me cayó en la espalda.
- Inventos suyos, mijita -concluyó terminante Pascuala a tiempo que le servía la taza usual de chocolate con queso para que aliviara las fatigas de la escuela.

La niña apenas probó la jícara. La colocó sobre la mesa rústica de madera y corrió a mecerse en la hamaca.

Apenas comenzaba a amainar la tempestad del corazón, cuando creyó recibir en el manojo de cabellos negros otra pedradita.

- Mamá Pascuala, repare qué tengo en la cabeza.

La mujer abrió tamaños ojos y corrió a separarle los gadejos de pelo para ver si encontraba alguna señal.
- Mija, son puras ideas. Habrá que llevarla donde el yerbatero para que le de un remedio para las lombrices y el cerebro. O donde el rezandero, para que le saque los fantasmas de la mente. Me doy cuenta de que está desvariando.
- Le juro mamá. Sentí como si me hubiera caído algo entre el pelo.

Pascuala la abanicó con la sopladera de palma trenzada.
- Debe ser el calor que la tiene achajuanada mi niña.

DOS MIL TRES LUNAS

Antología del cuento mítico de América

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