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Espérame en el cielo corazón
(Edit. Grijalbo 1995)
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Flor
Romero cuenta en este libro 18 historias de amor de mujeres. La viuda, la
amante, la novia, la esposa, la mujer, en toda su maravillosa complejidad.
Colocada frente a diversas situaciones como protagonista, testigo de
excepción, víctima o victimaria. Son historias apasionantes, vivas,
perdurables, donde la imaginación y la realidad van de la mano. En ellas
la mujer muestra la multiplicidad de sus paisajes interiores, sus
sentimientos, sus odios, sus afectos. Historias para leer y releer porque
en ellas hay una radioscopia del alma femenina. (Editorial Grijalbo l.995 Bogotá)
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(Fragmento
cuento)
Aventura en el trópico
Dominique era para mí la imagen encarnada de la búsqueda
desesperada del amor. Lo fue desde el momento en que la vi
mirar sin ver los óleos de paisajes colombianos el día del vernissage en París. Los ojos tornaban en reojo para
escrutar la audiencia.
Algo anda buscando este muchacha - me dije- y lo confirmé cuando el
muchacho de frente amplia, calvicie precoz y ojos serenos de avellana, que
le examinaba con insistencia las pantorrillas cuando estaba de espaldas, y
los senos redondos bien diseñados cuando se volvía a reír nerviosa de tanto
buscarle fijar esa inquieta mirada azul, la abordó:
-¿Le gustan los paisajes sabaneros?
-Mucho - replicó ella en perfecto español.
Por la cabellera rubí larga fueron desgranándose los pasajes de
aventura amorosa con un estudiante colombiano que le dejó ampollas en el
alma, y una afición por su país tan extravagante como para que anduviera
tras la pista de Colombia en Francia...
Cuentos Míticos
De un
acervo de 300 cuentos míticos trabajados por Flor Romero por espacio de 25
años, se han publicado 4 libros:
La Ruta de Eldorado
(Edit. Círculo de
Lectores Bogotá l.976)
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"Tus cuentos Flor amiga, señora, me llevaron
de la mano a la forma de leer escribiendo que es la confesión más
flagrante del interés a la manera más natural de leer en espejo y por
fábula."
"En esos cuentos que te contó tu mamá señora y que a tu vez
cuentas ahora, escribiéndolos, yo entreví la felicidad y la desdicha a un
tiempo de nuestra faena de escritores.
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Tu has sabido lograr la primera, incorporando a
tus relatos la sustancia de la palabra-alma : esa palabra que tanto en la
cosmogonía de tus chibchas como en la de mis guaraníes, significa el
fundamento del lenguaje humano"
(Augusto Roa Bastos)
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La Hormiguita-mata
Había en tierras de los antepasados, una hormiguita que vivía
entre los troncos podridos y miraba todos los días para arriba el mundo
agigantado, suspirando por ser grande.
Era tan pequeña, tan pequeña, que se puso a llorar desconsolada y le
pidió a su mamá:
- Quiero ser grande; quiero crecer; quiero levantar aunque sea una
pulgada del suelo para no tener que dar más volantines por este mundo,
arrastrando siempre a ras del suelo mi carga de hojas, de pétalos de
flores, de pedazos de carne. No me gusta respirar todo el día el polvo que
alborotan los pies de los grandes.
Por las noches, se hincaba de rodillas implorando:
- He de ser grande; así será, así tiene que ser.
La madre la consolaba:
-No hay que perder las
esperanzas. Quizá un día crezcas y te eleves por los aires y sobresalgas
más que todos y dejes de confundirte con la hojarasca que pisotean las
bestias de la selva.
Acertó a pasar por allí una libélula con aires de superioridad,
moviendo ágilmente sus alas de seda, pretenciosa con su poder de sobrevolar
montes, de remontarse husmeándolo todo, enterándose de los secretos de la
jungla.
Segura, revoloteaba, hacía cabriolas, planeaba, jugueteaba
libremente.
-Yo conozco el remedio milagroso -le dijo al oído a la hormiguita en una de las
caídas en picada casi hasta el suelo. Crecerás,
pero perderás tu libertad.
- ¿Como así?-
interrogó la hormiguita.
- Se donde está la fruta
milagrosa, que te hará llegar hasta arriba, te remontará en el espacio,
pero tendrás todo eso a cambio de tu libertad. Porque tendrás que vivir
fija.
-Los gigantes no mueren-
le respondió. Una vez que llegue hasta
arriba, nadie me podrá detener.
La libélula le volvió a explicar:
-Es una pepa engrandecedora,
del siglo de los milagros, que te pondrá a mirar desde arriba, pero te
atará. Te repito que todo será a cambio de tu libertad.
Y en un revoloteo, le mostró el bejuco del gigantismo.
La hormiguita había nacido, en el mundo de proporciones
desproporcionadas, el mundo amazónico de sus antepasados. Estaba cansada de
ver a los cocodrilos haciendo siestas eternas a orillas del río monstruo,
en las tardes húmedas y calurosas. Los fiscalizaba de noche, reteniendo los
ojos de brasa de los saurios.
Había dilapidado varios días recorriendo una corola de Victoria
Regia y agonizó de cansancio midiendo a zancadas las hojas de la flor
gigante. Había cristalizado muchas fatigas trepándose a las copas de los
árboles empinados, apiñuscados, celosos
guardianes para no dejar pasar ni un rayo de sol por entre el follaje.
Meditó largo para componer un no rotundo a los embelecos de la
libélula
- Recuerdo haberle oído decir a
la reina del hormiguero, que esa es la fruta malvada, del bejuco de agua
que da tanta felicidad después de la florescencia, pero que trae tantas
desgracias. No estoy bien segura si fueron mis primos, los cucarrones de alas nacaradas, quienes resultaron
convertidos en animales de museo, por haber comido pepitas del bejuco del
gigantismo.
- Pero crecerás -insistió la libélula.
- Y miraré a todos por encima.
- ¡Naturalmente!
Y la hormiguita-mata, inocente, sucumbió al embeleco. Comió las
pepitas del bejuco de corazón de agua, cuyas semillas permanecieron por
días y días en la barriga de la hormiga diminuta.
Ensayó digerirlas, bebiendo el jugo de algunas frutas; chupó la
linfa de las flores silvestres; escapó de las flores carnívoras que por
poco la atrapan en la búsqueda del licor que le sirviera de laxante, para
expulsar las malditas semillas.
Pero nada. Las pepitas se quedaron ahí ancladas dentro de su cuerpo,
amañadas, como si fuera suelo propicio.
Las sentía como piedritas, que poco a poco le inflaron la barriga y
empezaron a gestarse entre su cuerpo. Parecía que sus entrañas eran su
ambiente.
Comenzaron a brotar raíces blancas entre sus propios intestinos y
las puntas de las hojas tiernas se abrieron paso a lancetazos en su interior,
hasta que perforaron las membranas y afloraron a la luz.
En la agonía lenta, la hormiguita se fue sintiendo transportada a
otro reino: al vegetal.
Vagó noches y días como animal-planta, hasta que una noche cayó
rendida, sobre su tronco.
En los mareos de la transformación, se alcanzó a ver colgando de un
árbol gigantesco, mecida por el viento, convertida en festón, mirando todo
desde arriba, pero sin poderse mudar.
El bejuco de la continuidad de su naturaleza, la había hecho crecer
era verdad, pero también era cierto que la había dejado fija, anclada, con
su libertad recortada.
Los tiempos del deslumbramiento
(Edit. Testimonio,
Madrid l.986)
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"Este
libro está lleno de vida. De existencia palpitante, de esa gratificante
embriaguez que hace buscar a los dioses para entender el prodigio. Lo
demás será el mido y el dolor, el más allá de los sueños, la misteriosa
muerte y su después, que aquí se llama Tiempoadentro"
"Flor Romero
ha alborotado los espíritus y también ha removido el lenguaje.
Agradezcámosle la mano que escribe, esa mano privilegiada que sabe
acariciar hombres y bestias y recordarlos y enaltecerlos con la magia
realísima, subyugante de la palabra".José García Nieto (De la Real Academia
y Premio Cervantes).
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(fragmento cuento)
Caribe el sombrero parlanchín
“Finalmente, dize el Almirante que
no puede creer que hombre aya visto
gente de tan buenos coracones
y francos para dar y tan temerosos que
ellos se deshazlan por dar a los xpistia/nos quanto tenajn...”
Libro de la Primera Navegación
de
Cristóbal Colón
(Fray Bartolomé de las Casas)
El Cacique Caribe decía
que el alma salía a la
Sierra Nevada y a los pájaros de Mariquita a descansar de los trabajos de esta vida y
por eso se mantenía pura, dialogando con las estrellas.
Y resolvió que su pueblo llevará en la cabeza el recuerdo de esos pájaros
a donde el espíritu se iba a estirar tranquilo, para tomar nuevas fuerzas.
El jefe Caribe dio el ejemplo. Apareció con un gorro alto, en forma
de cono, ribeteado con un fleco de fibra, que todos asociaron: El cucurucho
de la Sierra,
la cúpula en donde el alma se iba a descansar y las mechas que le cubrían
la frente eran las laderas, donde moraban.
El sombrero picudo se convirtió en emblema, y la tribu lo adoptó
enseguida. Lo usaron orfebres. Mientras
fundían en tumbaga las pavas de monte, los pajuiles copetones, los carraqueros, los garrapateaderos,
para las cabezas de los alfileres que sujetaban las mantas y los cabellos
negros de las mujeres.
Antes de embadurnarse el cuerpo con achiote y carbón el Caribe mayor
colgaba su sombrero en el garabato pendiente del estantillo. Y era como sí
se sacara el a alma de encima, y sólo se fueran a guerrear los instintos, a
bregar por partirle el corazón al enemigo
y a desflecarle la carne a dentelladas.
Seguía la pista del adversario con la mirada fija en los troncos de
los árboles. No se le escapaba el movimiento de una hoja y con oído atento
distinguía fácilmente entre el ruido de las frutas perforando la hojarasca,
el traqueteo de una chamiza, la pisada sigilosa
de un pájaro, el desplazarse de un zorro o el salto ágil del enemigo
intentando sorprenderle el pecho desnudo para robarle la nariguera dorada.
Estaba entretenido descifrando el código de los ruidos y de los
vientos, cuando vio remolinear en el aire su sombrero, el cucurucho con
barbas en forma de gavilán, llevando en el pico un pichón. Los ojos le
dieron vueltas y comprendió todo, No podía continuar a la caza de sus
propios hermanos del otro lado del río, porque si seguían despedazándose,
serían menos el día en que llegaran los forasteros y los alzaran por los
aires, atenazados por el pico. Ya es hora de que vivamos en paz, y
ahorremos esfuerzos para defendernos mañana-se repetía.
Saltando ágilmente hacia atrás, sin dejar de mirar al frente, llegó
a la choza y le dijo a su amada:
-Pellízcame a ver si estoy despierto.
-Tienes algo, Caribe?
-Ahora no se si estoy vivo o muerto
-¿Por qué tienes los ojos tan redondos?
-La verdad es que no sé si estoy soñando o viviendo el remolino de
mi sombrero
-¿El sombrero? -dijo y volteó a mirar la horqueta
en donde lo colgaba, pero allí sólo estaba el gavilán pollero, mirándolo de
reojo. Ya se había comido al pichón y con el buche abultado, distraídamente
se limpiaba las plumas del pescuezo.
Mitos, Ritos y Leyendas contados
por Flor Romero
(Edit. Plaza & Janés
Bogotá l.992)
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37 historias míticas precolombinas en tierras de Muiscas, Calimas, Tolimas,
Motilones, Panches, y otras tierras del
territorio que hoy es Colombia. Rescate de nuestras raíces, para que los
niños de 7 a
77 las lean y relean y encuentren el orgullo de su identidad. Esta literaturización de la mítica permite penetrar en los
terrenos de los ancestros y recorrer de la mano de la autora el periplo
de su vida y rastros.
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(Fragmento
cuento)
Bachué
Bachué, la madre Muisca salió de la Laguna de Iguaque, una madrugada, llevando un niño en los brazos.
Era una bella mujer, cubierta solamente por una túnica de pelo
negro, que le arrastraba.
Apareció lustrosa, recién escurrida del lago. Una madrediagua morena, garbosa, de senos redondos, firmes,
cobrizos, terminados en puntas más oscuras.
Caminaba afirmando las piernas ágiles. Venía de nadar tanto, que se
le formaron pantorrillas de hoja de palma, y muslos fuertes.
En los brazos, la criatura también viringa.
Bachué se instaló entre los Muiscas; se
ganó su confianza y su afecto. Les enseño normas para conservar la paz con
sus vecinos y el orden entre las gentes de su cercado.
El niño creció y Bachué, encargada de poblar la tierra, empezó a ser
fecundada por la criatura que había portado en sus brazos.
Los alumbramientos eran múltiples, como los de las conejas, como los
de los cafuches, como los de las ratonas; en el primer parto se contaron
mellizos, en el segundo trillizos, en el tercero cuádruples, en el cuarto
quíntuples, y así hasta que consideró que su tarea reproductora sobre la
tierra estaba cumplida.
En pocas edades recorrió muchos cercados y por todas partes dejó
criaturas y enseñanzas.
Pasaba el tiempo y la mujer pobladora, no envejecía.
De pronto su cuerpo se destempló; los senos se le escurrieron; las
piernas se le aflojaron; su cuello ya no era lozano; el rostro estaba
poblado de arrugas; había un gran cansancio en su mirada.
Sin avisar, de improviso, como había llegado, se fue otra vez a la
orilla de la Laguna
de Iguaque, acompañada del mismo ser que le había
traído. Se lanzó a las aguas.
Un gran bostezo del lago la devoró, convirtiéndola en serpiente,
símbolo de inteligencia entre los chibchas.
Los nativos aseguraban que de vez en cuando veían a la culebra,
asomar los ojitos brillantes a la superficie de las aguas vidriadas, en las
noches de luna, cuando acudían a llevarle ofrendas.
Arrojaban adornos de oro, utensilios y copas doradas, en la
seguridad de que ella estaba en el fondo de la laguna, recibiendo los
regalos de buen corazón.
Al varón no le pusieron mayor atención. Ella quedo para siempre con
el titulo de madre de la humanidad, fuente de toda vida. Y como venía del
agua, los naturales comenzaron a adorar las lagunas y las ranitas, los
renacuajos, las lagartijas, todo síntoma de vida que brotara de las aguas.
Fundieron en oro alfileres rematados en batracios, se colgaron al
cuello dijes en forma de lagartos y divinizaron a las ranas, que en
adelante serían el símbolo de la fertilidad.
El ombligo de la luna y otros
cuentos míticos mexicanos
(Edit. Diana, México, l.989)
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Este
libro recoge relatos inspirados en héroes legendarios, estos personajes
bondadosos o malévolos que han trajinado la historia precolombina desde edades
incontables.
Esta obra revela todo un mundo con
personajes que desfilan por los escenarios de Uxmal,
Chichén Itzá,
Palenque, Mitla, Monte Albán, Tula, Tajín Tepoztlán, Cancún, Cozumel,
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Tenochtitlan, Acapulco, contando jirones del pasado,
enajenando la imaginación con fábulas, parábolas, aventuras, tragedias de
las interminables peregrinaciones de los antepasados.
Es la visión aguda de una escritora
colombiana sobre la mitología mexicana. Una recreación mágica.
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(Fragmento cuento)
El ombligo de la Luna
Y se
fueron a buscar una tierra
En
donde deberían conocer
Al que
es noche y ciento
Al
dueño del cerca y junto.
Fue el día del eclipse. Tan pronto llegó la luz, los cuatro
sabios se dieron cuenta de que se les habían perdido los libros de la
cuenta de los destinos, el de los anales, el del registro de los años y,
por si fuera poco, hasta el libro de los sueños andaba refundido en la
confusión que se formó en la oscuridad.
Lo sabían muy bien, que ya no podrían contar con
las luces de otros sabios, pues ya habían regresado, siguiendo la orden
divina, hacia el Oriente, de manera que los cuatro ancianos, únicos
habitantes de Tamoanchán, no tuvieran más remedio
que sentarse pronto a reinventar los libros sagrados, a dejar escritas las
normas de Quetzalcóatl, el dios barbado.
Había pasado ya cuatro soles, los del agua, la
tierra, el fuego y el viento. Había desaparecido los primeros hombres,
armados de cenizas, ahogados por las aguas violentas y convertidos en
peces.
El mohán enamorado y otros cuentos míticos
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Estos
10 cuentos tienen la transparencia y el atractivo de un escrito dirigido
tanto a lectores jóvenes como adultos. Están basados en el rescate de
leyendas tradicionales. En forma original se han recreado las más
conocidas leyendas en la zona andina. Fueron escritos en París, y se les
ha dado una dimensión universal. Dejan de ser provincianos, para llegar a
todo el mundo
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(Fragmento cuento)
Los amores del Caimán
Gardenio, el pescador mulato, no vera la hora de irse al río a
mirar las muchachas chapalear desnudas.
Se escondía detrás de los troncos, entre los juncales, al lado de
los piedrones para no ser descubierto.
Había cambiado de escondrijo varias veces, pues cuando más
entretenido estaba viendo cómo le resbalaba el agua por los muslos a una
adolescente lustrosa, o cómo se detenía la gota perlada en un seno redonde, escuchaba los alaridos:
-Mírenlo allá...
-¿Quién?
-El tal Gardenio,
el pescador fullero, el mirón que no nos deja en paz.
La cueva de los 8 encantamientos
(UNEDA, 2000)
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Es un relato para juventud que lleva de la mano
al lector en un estilo vivo y agradable, fresco y conciso a seguir los
pasos de los 8 piratas más conocidos que vinieron al Caribe. Mayra, la niña curiosa de los secretos del mar,
quiere desentrañar el misterio de La Cueva de Los Piratas, situada en una isla
caribeña.
El barquero Argemiro
la lleva día a día a esta misteriosa Cueva en donde ella sueña con
piratas inolvidables como Drake, Barba Negra, Anna Bonny, Sir Walter Raleigh, Morgan, María Read,
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Pointis, Florin y Baal
quienes le cuentan historias míticas de los parajes en donde han estado,
cazando tesoros para sus soberanos.
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Es así como se desgranan fantásticos cuentos
míticos americanos: Travesuras del
Chopo en Paitití, El Tesoro del Zipa, La India Catalina, Las canastillas de Solsofique, Hunsahúa
y otros. Es una loa al precioso Mar Caribe, a sus mitos y leyendas, que
encantará a grandes y chicos.
(Fragmento
cuento)
Sir Francis Drake y Eldorado
Mayra atrapó la última rata, para la cena con el padre,
después de cuarenta días de sitio, ya con la piel pegada al espinazo y su memoria
se detuvo en el instante eterno de su vida cuando vio el primer pirata,
escondiendo su tesoro en La
Cueva de los Encantamientos.
Tendría apenas 5 años y andaba cojeando a causa
de una maldita raya que le había taladrado el pie izquierdo. Alejandrina,
la abuela que cuidaba a la niña huérfana, le había prohibido los paseos a La Cueva Encantada, en el islote vecino que abanicaban una
docena de cocoteros y guardaba en su corazón una caverna en donde los
isleños aseguraban que los piratas llegaban a esconder sus tesoros.
Pero entre mas la mamá señora le prohibía, mas la
niña se las ingeniaba para convencer a Argelino el
viejo barquero de cabellos nevados de que la llevara a remo a explorar la
pequeña mancha hebilla viva, enclavada en el mar esmeraldino, dominio
edades atrás, de sus ancestros, los Caribes.
Arge, quizá el tesoro sea
para nosotros. Dicen que a los niños se les aparecen las guacas, porque
ellos no son ambiciosos…
- Si, niña Mayra. Yo la llevaré mañana al
amanecer para que atrape caracoles, cangrejos y pescaditos y mire esa cueva
que tanto la seduce...... Puede que
nos hayan dejado nuestra parte los tales piratas, de pata de palo, pañuelo
anudado en la cabeza, fuertes, valientes, peleadores, dispuestos a llevarse
todo el oro del mundo para sus países por allá en el Viejo Mundo.....
(Fragmento cuento)
Andrea Descubriendo el Mundo
(UNEDA, 2000)
...Aquel miércoles de Pascua, ya agonizando el día y la noche clara
invadiéndolo todo, comenzó a descubrir de veras la naturaleza salvaje. Puso
sus pies desnudos en el jardín, con pasto alto y luego se dejó llevar por
el vaivén de la hamaca. Pero su curiosidad la llevó a resbalarse del
chinchorro de rayas de colores, para correr de nuevo hacia el columpio.
Vamos, vamos. - me indicó extendiendo el brazo para que la acompañara a
balancearse.
En el borde del sardinel vio trasegar a las hormigas arrieras, cargadas de hojitas. Las miró con embeleso;
curiosa siguió la ruta de las destrozonas trabajadoras infatigables. No se
le ocurrió destriparlas, pero saltaba sobre la brecha para no entorpecer la
caminata y quizá para esquivar el piquete.
Los pajaritos trasnochadores aún cantaban alegres melodías en el
kiosco de guayacanes amarillentos y techo de palmicha bien tramada: Mía, un
pío..
- Sí, un pío, que tiene
allí su nido -le
respondí señalándole la cúpula que apuntaba al cielo despejado, iluminado
por una luna llena que alcanzaba a alumbrar todo el valle del Río
Magdalena.
-Mía, el
pío, con gusanito...
-Sí, está
llevándole alimento a sus hijitos. Es un pechiamarillo.
Regresó de nuevo a la hamaca, su gran delirio y con los ojos
verdosos bien abiertos, cercados por una mata de tupidas pestañas negras,
miró largo al firmamento: Las estellas,
míalas...míalas
- Sí esta noche hay muchas estrellas.
Vamos a contarlas...
-Son
mías.....
-Sí, tuyas
y de tus hermanitos, de todos...
-Más estellas, ota estella, ....,míalas -continuó señalando con el dedo
índice, pequeñito, tierno, regordete, como los dedos de los niños que más
que una señal son un poema.
Así amaneció en Siboney y otros
cuentos del caribe
(Coedit. Arte y Literatura de Cuba y UNEDA.)
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Acaba de aparecer.
La obra consta de 20 cuentos de la región caribeña, escritos por Flor
Romero en París, Cuba y Colombia. Están basados en la
mitología caribeña, territorio mágico, lleno de leyendas coloridas,
que sorprende la mente más afiebrada.
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La escritora colombiana
ha recreado personajes míticos e historias que forman parte de la
identidad de los pueblos caribeños, llenas de magia y fantasía, unas a
partir de hechos y personajes reales, fundadores de la nacionalidad
de estos pueblos de la cuenca del Caribe, y otros, cuentos fantásticos
que pertenecen al imaginario popular.
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El
libro es coeditado por Arte & Literatura de Cuba y UNEDA,
Unión de Escritores de América, con ilustraciones de Dyango
Chávez Cutiño. Es una contribución al rescate de
la identidad de los pueblos americanos.
De
sus cuentos dice el escritor Augusto Roa Bastos: Tus cuentos, Flor amiga, señora, me llevaron de la mano a
la forma de leer escribiendo que es la confesión más flagrante de leer en
espejo y por fábula.
(Fragmento cuento)
El despertar de los gigantes
Benito Bogotá suspiró nostálgico mirando la bruma cobijar
la laguna y creyó divisar espectros gigantes. Estaba seguro de que se
escondían tras los sauces llorones, las crestas de las montañas azuladas y
en las cañadas.
Nueva
gigantes habían sido enterrados en ese Valle de Siatá,
vecino del Boquerón del Frutillo, en donde aún permanecía lívida, incólume,
la mesa de piedra, frente al sol de oro, sobre la cual hacía sacrificios
los Muiscas.
Benito tembló
de angustia, cuando vio a su mujer Cruz Helena inclinarse sobre la tierra y
clavar la pica con toda la fuerza de sus veinte años.
-
No los atormentes. Les
podría dar un fuerte dolor de cabeza.
-
¿A quienes?
-
¿A quienes puede ser?
Pues a los gigantes. ¿No ve que por ahí reposan?
-
¿Todavía cree en eso?
Pareciera que aun no ha cambiado de dientes.
-
¿Cómo se le ocurre que
no crea, si mi papá los ha escuchado revolcarse en noches de borrasca?
Cruz Helena quedó petrificada. No se atrevió a seguir la tarea que
le había encomendado la madre. Fue tanta la convicción que transmitieron
las palabras de Benito, que se fue derecho al rancho a reanimarse con una tazona de café caliente, después de echarse la
bendición y besarse el dedo pulgar.
Benito había
crecido mirando las tumbas bien diseñadas. En sus ojos estaban esculpidas.
Sabía de memoria que ese Valle era
de Los Gigantes. Estaban separadas por cañadas que escurrían aguas
frías y cristalinas nacidas en lo alto de la montaña.
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